Cómo vencí el miedo a la báscula

Yo viví obsesionada con mi peso desde la adolescencia. Bajé de peso y lo volví a subir incontables veces. Todos esos años, mi compañera inseparable fue la báscula. Fue mi compañera, pero no una compañera agradable y comprensiva, sino una compañera tiránica y aterradora. Confieso que la he odiado y temido. Ha sido causa de ansiedad y de desilusiones. En definitiva, nunca ha sido mi mejor amiga.

Durante un tiempo de mi vida, pesaba menos de 50 kilos y era talla siete de pantalón. ¡Mi talla y mi peso ideal! ¿Pero, era feliz? No. No lo era. Me subía a la báscula y me pesaba solo para asegurarme de que no hubiera subido ni un gramo. Me daba un ataque de pánico cuando la báscula me indicaba que había aumentado medio kilo. Medio kilo no es mucho, pero era medio kilo que la báscula me mostraba y así me acusaba de haber comido demasiado. De inmediato, me sometía a alguna dieta desesperada para bajar el peso acumulado.

Unos años después, me convertí en mamá y mis temores se incrementaron. No me preocupé mucho durante mis embarazos, pero después de nacer cada uno de mis bebés, me horrorizaba ver que ya no era la misma de antes. Con el primero, me recuperé rápidamente, aunque tuve que aumentarle una talla a mis pantalones. Con el segundo, aumenté una talla más de pantalón y dos de blusa. Ni las fajas ni la lactancia lograron que disminuyera ni un centímetro de cintura. La báscula no dejó de mostrarme esta triste realidad, por lo que decidí no consultarla más. Quedó arrumbada debajo de la cama, y aunque ya no me atormentaba, la talla de mis pantalones no dejó de incrementarse.

Con mi tercer embarazo, rompí todos mis récords. Tuve que someterme una vez más a la tiranía mensual de la báscula y fue una tortura. Al final, pesaba más de 80 kilos con mis escasos 150 centímetros de estatura. ¡No lo podía creer! Esa fue la máxima crueldad de la malvada báscula, pero tengo que admitir que me mostró una terrible realidad. Tenía que bajar de peso o mi salud estaría en graves problemas.

A lo largo de más de año y medio, descubrí muchas cosas acerca de mi cuerpo y de mi misma. Estos meses han sido todo un reto para mi, pero estoy orgullosa porque creo que he salido victoriosa. Considero que logré las metas que me propuse y estoy satisfecha. Ahora, tengo nuevas metas y me entusiasma pensar que soy capaz de lograrlas. No tengo idea de cuánto peso en este momento, pero soy feliz y me siento cómoda con mi cuerpo. En todo este tiempo, solo me he subido a la báscula unas dos o tres veces, y no he sentido terror al hacerlo.

Verán, yo decidí cambiar mi estilo de vida sedentario por uno más activo. También decidí dejar de comer alimentos procesados y consumir más ingredientes naturales. Ahora, tomo dos litros de agua todos los días. Ya no pienso en que tengo que bajar de peso, sino en ser más saludable y más fuerte. Mis metas ya no tienen que ver con los kilos, sino con consumir más porciones de verdura o hacer más lagartijas, por ejemplo. La báscula solo me ha servido para indicarme cuál es mi relación con la gravedad, pero eso es lo que menos me importa.

Cuando tu meta es bajar de peso, la báscula se convierte en una tirana cruel. Cuando tu meta es ser más saludable, la báscula ya no tiene ninguna importancia. Descubrí que existen otras formas de medir el progreso. Ahora, me siento con más energía y más ligera. Puedo ver que mis brazos y mis piernas lucen más tonificados y que ha disminuido el tamaño de mi barriga. He tenido que comprar pantalones más chicos y he vuelto a ponerme prendas que tenía años de no usar. Ahora puedo comer con tranquilidad y sin culpa. No me he enfermado, no me siento cansada y no me duelen ni la espalda ni las articulaciones. He adquirido el hábito de hacer ejercicio todos los días. Lo mejor de todo, es que también ha cambiado mi mentalidad. Este nuevo estilo de vida ha fortalecido no solo mi cuerpo, sino también mi mente.  

La última vez que me subí a la báscula fue hace más de tres meses. ¿Siento necesidad de hacerlo? No, para nada. Un poco de curiosidad, tal vez. Es posible que el número haya cambiado, es posible que no. Sin embargo, no necesito que la báscula me diga si he progresado. Yo sé que he progresado. Hace tres meses, no tenía la fuerza para equilibrarme en la pelota de ejercicio y ahora sí puedo. Hace tres meses, no podía hacer un tabata de sentadillas de pared y ahora sí puedo. Hace tres meses, comer ocho porciones de verdura en un día era un reto y ahora es algo cotidiano. Hace tres meses, no me cerraba mi blusa rosa y ahora sí me cierra bien. Estas pequeñas victorias no tienen nada que ver con lo que me indica la báscula. Hace tres meses me di cuenta de que tendría que bajar unos kilos más para llegar a un peso óptimo (según la fórmula del Índice de Masa Corporal), pero esa no es mi meta. Mi meta es poder hacer lagartijas con una mano, o poder seguir cargando a mi hija aunque cada día crezca más. La báscula ya no me tiene sometida a su tiranía.

Puede ser que un día de estos me vuelva subir a la báscula…o puede ser que la tire a la basura. ¿Ustedes qué opinan?

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